Que Forges se haya ido a días del rapto de Fariña, a horas de la prisión de Valtonyc o, instantes después del descuelgue de la obra de Santiago Sierra, en Arco, no puede ser una mera casualidad. Tiene todo tanto significado para la libertad de expresión de nuestro país, que hay que resistir a la tentación de las “coincidencias del destino”.

El arte en España sufre cada día una capa más de vetusta política. La música soporta como puede desmanes injustos, y a la literatura, le tiembla el pulso cuando se acerca a la verdad. El poder siempre se ha creído en posesión única y exclusiva de ella y atenta, y atentó siempre, contra el arte de contar las cosas. Entre tanto, el hombre que acertaba y sanaba con sus mensajes en forma de viñeta, muere.

Y la libertad de expresión, que se ha venido socavando frecuentemente en los últimos años en España, recibe otro puntillazo con la mordaza puesta y envuelve una vez más el sentir social en un sordo malestar que no incomoda a los políticos, no conmueve en ocasiones a la justicia y ni siquiera convence al poder económico de la posibilidad de un cambio para producir un futuro más libre.

Volver a leer El Conde Lucanor y adormecer parece ser el tratamiento al que se aferran los sabios dirigentes del país, para desarrollar así una filosofía política que trasladan al contribuyente en forma de conflictos políticos por las tierras del reino o de carestía económica para ocultar la verdadera crisis. Su crisis moral y su falta de sentimientos.

Y aunque hoy más difícil que nunca, coartar los derechos de comunicación gracias a la tecnología, y también más difícil que nunca convencer a un pueblo con hambre de verdad con las medias tintas que le obligan a desayunar cada mañana, continúan los sabios dirigentes intentándolo.

Y mañana, sin duda, lo tendrán un poquito más fácil sin la viñeta de Forges, sin el prólogo de Fariña, sin estridencias sonoras o sin fotos que duelan como las de Sierra. Pero también, lo tendrán un poco más difícil con nuevas viñetas cargadas de vida y verdad, nuevas fotografías llenas de luz y contenido, nuevos sonidos con los que despertar y nuevos párrafos de información, sentida o contrastada. Porque, ¿Quién puede vivir sin todo eso?

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