Hace ahora un año que el joven Aarón dejó su vida. Las recomendaciones del W3C, las licencias Creative Commons o la arquitectura Open Library limaron sus esperanzas de un mundo mejor

Por qué alguien a quien le preocupaban tanto los derechos humanos pudo tirar la toalla. Resulta desalentador pensar que, un joven que se entregó como nadie  al derecho a la información, haya llegado a conclusiones que grandes informadores, sujetos al ejercicio del poder, jamás llegarán. Por qué alguien interesado en lanzar cada libro a la red pudo sentir que descabeza a editores, autores, libreros,  escritores y un largo etcétera. Qué llevó a Aaron Swartz a soltar velas. A lanzar las páginas al viento.

Quizá el caso JSTOR, pesaba demasiado par un joven de 27 años.  Quizá la tristeza de no poder engendrar un germen que en la sociedad que diera como resultado su ansiado ecosistema del conocimiento y libertad,  destrozara sus emociones.  Pero, ahora ya es tarde. Un año tarde.

Sea lo que fuere,  Aarón solo deja ahora huella, como buena parte del Establishment deseó. Swartz   también  dejó a su marcha  oscuridad, mucha oscuridad en una buena parte de las esperanzas por un mundo mejor informado. El desarrollo de la comunicación volvió  a no temer por vigías que velaban día y noche  por un desarrollo equitativo sobre el planeta.  Y la globalización de la información volvió tranquila a sus vicios sin que nadie de momento se levantara como Aarón y pusiera coto, ni siquiera desde la delicada raya de la legalidad, como pretendió culpársele desde  JSTOR ¡Orgullosos deben estar de prestar conocimiento solo para elegidos!

Swartz, a buen seguro, llegó a creer incluso en herramientas como  twitter aunque, todo indica que, pronto sintió  la insoportable levedad de su función informativa. Aarón, es muy posible que, también llegó a confiar en  gigantes como Quijote,  google pudo ser uno de ellos, pero todo indica también que, día a día se fue desenamorando a consecuencia de los intereses de la información.

Mientras, la pérdida de Aarón  Swartz se une hoy a la de tantos defensores del derecho a la información y tiene, al menos para alabla, el mismo reconocimiento que un disidente que muere en huelga de hambre por protestar contra el régimen o como la de cualquier reportero de guerra en acto de servicio, o incluso como la de un  héroe por el derecho a la transparencia, a la libertad de información. Es para otros un capitulo oscuro de esta sociedad del conocimiento a quien acabará aplastando. No lo duden. Se les caerá encima el insoportable peso, ante todo, de sus conciencias.

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